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Las estrategias exitosas con las que Medellín, Glasgow, Australia, Nueva York y Río de Janeiro barrieron de sus calles la criminalidad.

Medellín: Vigilancia y espacios públicos

En 1991, la ciudad de Medellín, en Colombia, registró la tasa más alta de homicidios del mundo, con 86 asesinatos cada 100.000 personas. Entre 2002 y 2014, la ciudad logró bajar esa cifra en un 85%, como resultado de cambiar las prácticas policiales, recuperar el territorio que dominaban los criminales e instalar más cámaras de seguridad. En 2017, alcanzó su índice más bajo en 30 años: 23,3 homicidios cada 100.000 habitantes. La clave fue el Modelo Nacional de Vigilancia por Cuadrantes, sustentado en un completo sistema de datos georreferenciados sobre delitos.

A su vez, Medellín creó los Proyectos Urbanos Integrales (PUI), para  transformar física y socialmente las zonas más conflictivas y necesitadas de la ciudad. La ciudad logró mejorar los espacios públicos, la movilidad, la participación comunitaria y la convivencia.

Glasgow: Programa multidisciplinario

Tras ser considerada “la capital del crimen en Europa”, la ciudad escocesa de Glasgow, consiguió, en 2008, bajar a la mitad su tasa de homicidios. Durante la primera etapa de la Iniciativa Comunitaria para Reducir la Violencia (CIRV, en inglés), mapearon todas las pandillas. Después, convocaron a 600 de sus miembros a participar de un programa multidisciplinario. Además, ampliaron las penas por portar un cuchillo: de cuatro a 13 meses.

Para el CIRV la amenaza delictiva no fue solo un asunto policial, sino uno  de salud pública. “Se trata de darle a la juventud otra opción, porque si siguen por el camino del delito serán arrestados. El proyecto les propone dejar de luchar y portar armas, para poder beneficiarse de una serie de intervenciones que incluyen deporte, educación, ayuda de servicios sociales, capacitación laboral y hasta vivienda propia”, detalló Peter Donnelly, médico especializado en salud pública de la University of St. Andrews, en Gran Bretaña.

Australia: Disparar contra las armas

En América Latina, el 75% de los homicidios involucran un arma, mientras que el promedio global es del 40% y en Europa, del 20%. En la década de los 90, tras 14 tiroteos masivos y 127 muertos en solo 10 años, Australia firmó un Acuerdo Nacional de Armas de Fuego (NFA, en inglés) que, en 1996, redujo en un 50% las muertes relacionadas con armas. Entre las estrategias del programa, se destacó una iniciativa de recompra a gran escala (pagada con un aumento de impuestos por una única vez) que consiguió recolectar y destruir más de 820.000 armas. En los últimos 22 años no volvieron a tener otra masacre.

Nueva York: Aniquilar el crimen con estadísticas

En 1980, Nueva York padeció 1814 homicidios, tres veces más que hoy. Drogas por doquier; corrupción que trepó hasta la cúpula de la policía y 250 delitos graves por semana en el subte. En 1990, el número subió a un promedio de seis asesinatos por día. En 1994, inauguraron el sistema computarizado de seguimiento del crimen CompStat, capaz de identificar patrones delictivos y “zonas calientes”, y proyectarlos en pantallas gigantes. De este modo, las fuerzas de seguridad pueden enfocar sus recursos para prevenir y reducir el crimen, lo que se conoce como hotspot policing. A su vez, Rudolph Giuliani, después de ocho años al frente de la ciudad, se hizo conocido por su lucha contra el crimen en Nueva York gracias a su programa de “tolerancia cero”, parte de una estrategia agresiva que adoptó la teoría Broken Windows, que alienta a los policías a “atacar” los delitos menores para prevenir otros más graves. En 2017, llegaron al número más bajo en 70 años: menos de 300 asesinatos por año.

Río de Janeiro: Recuperar el territorio

La estrategia adoptada hace poco en Río de Janeiro y en otras ciudades brasileñas ofrece lecciones clave sobre la seguridad en zonas urbanas. Las autoridades estatales y municipales de Río se centraron en las favelas (barrios marginales sin infraestructura ni servicios básicos), controladas hace mucho tiempo por grupos criminales vinculados al comercio de drogas. En 2008, las autoridades estatales crearon una nueva figura policial: las Unidades de Policía Pacificadora (UPP). Se trata de un instrumento de recuperación territorial: entran a las favelas de la mano de la Policía Militar para derribar el control de los grupos criminales y no se van. Mantienen presencia física permanente en los espacios recuperados y facilitan el desarrollo de iniciativas de prevención social del delito (infraestructura, educación, salud, entre otras). Uno de los resultados más sobresalientes es la disminución del número de homicidios: hoy existen favelas con tasa cero de homicidios, que han empezado un proceso de recuperación de la vida comunitaria.

¿Y por casa?

En la Argentina, en 2017, la Policía de la Ciudad inauguró un nuevo Centro de Monitoreo Urbano, con la intención de expandirlo y de acercarse a la versión neoyorquina. En el nuevo edificio, se accede a todas las cámaras de monitoreo de la policía, se gestionan las llamadas al 911 y se movilizan las patrullas.

Robert Muggah, director de investigación del Instituto Igarapé, think tank de seguridad con asiento en Río de Janeiro, cree que “hay ciudades en América Latina que son extremadamente violentas, pero que han visto disminuciones notables, gracias a experimentos exitosos en seguridad pública y prevención que impusieron cambios en las prácticas de aplicación de la ley, en la solución de problemas en puntos focalizados de delito y en mapeos del crimen en tiempo real”.

Fuentes consultadas:

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